Quizá el texto más complejo de los que he escrito, por las diferentes interpretaciones que puede sacar el lector acabada la historia. Por experiencia, es un texto que maravilla o deja indiferente: Nacimiento de dioses y demonios

“Todo es un ciclo” – Maestro Kitsune Onomaya

 

Nacimiento de dioses y demonios

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Kenzo Yoshitsune avanzaba presto entre los cedros, impelido por una fuerza inusitada. No era para menos. Harto desde temprana edad de trabajar sin descanso y de los abusos de su padre, mentor y educador excepcional pero falto de clemencia con quien se supone debería tenerla, decidió huir de su hogar con la intención de iniciar una nueva vida. Sólo llevaba consigo la katana de su abuelo pegada a la cintura, un arma que había derramado sangre por generaciones y brillaba carmesí cuando quería saciar su sed.

Era ahora cuando el destino perfilaba nuevos horizontes. Nuevas metas. La primera de ellas se encontraba no muy lejos de allí, en la cima del monte Kurama. Oculto para los no elegidos, el templo Kurama Dera, símbolo ceremonial de obligado paso para todo practicante de las artes marciales, lugar de culto y morada de dioses y demonios, según las viejas leyendas. Algunas de éstas hablaban de deidades nacidas del cielo, de míticos seres descendientes del mismísimo Dios de la Tormenta, hermano de Amaterasu, la Diosa Sol. Otras, reflejaban espíritus malignos alados de nariz alargada, rojos como el mismo fuego de los infiernos y custodios de los bosques, engendrados para hacer ceniza a todo aquél que osase penetrar en sus dominios.

Sin embargo, para el joven Kenzo, todo eran cuentos con los que asustar a los peregrinos. Siniestras historias que no se podían comparar con la suya propia, señalada por el estigma de su funesto influjo sobre la Madre Naturaleza. Ya desde pequeño, cuando tan sólo era un bebé, fue sometido a sesiones de exorcismo. Los bonsáis ennegrecían irremediablemente. Las plantas del jardín se pudrían mostrando carcoma en sus raíces. Incluso los altos árboles se retorcían quejumbrosos en su presencia. Gracias a los dioses, a medida que fue creciendo, el influjo mortuorio pareció disminuir con la práctica del jujitsu, de enseñanza obligatoria desde la niñez.

Quizá por esa marca aún anclada en sus recuerdos, escogió como primer punto del viaje Kurama Dera. Si algo le había dejado en claro su progenitor era el entrenamiento del cuerpo y el espíritu para descubrir su propia naturaleza humana, el sentido de su existencia en el mundo. Por ello, caminaba diligente sobre las faldas del monte, sobre todo por el cielo gris, que amenazaba con echarse encima.

La oscuridad sumergió el bosque. El viento, vago rumor hacía unos instantes, azotaba la floresta con vehemencia. Los pasos de Yoshitsune contrastaban con el silbido de los tallos de bambú, que creaban inciertas melodías. Sólo cuando el manto estrellado dejara de iluminar su camino, pararía para descansar hasta el alba.

Pronto una extraña sensación embargó al joven. Cayó de rodillas sobre el suelo embarrado, agarrándose el pecho con fuerza. Con la diestra, se golpeó sin cesar con la falsa esperanza de que minara el dolor. Se puso de espaldas y se balanceó de un lado a otro. Quemaba. Algo en su interior parecía querer salir. Profirió unas sordas palabras al firmamento, como si sirviesen para vencer la tortura a la que estaba siendo sometido. Apretó los dientes y fijó los ojos en la katana de su abuelo. Desenvainó con firmeza, apuntando directo al mal que le atenazaba por dentro. La cuchilla resplandeció. Quería saciar su sed. Un chillido desgarrador fue lo último en oírse aquella noche.


Hacía calor. Un manto tapaba hasta el cuello el cuerpo de Yoshitsune, que empezaba a vislumbrar la luz incandescente. Abrió los párpados, ya acostumbrados a la claridad del entorno. De improviso, se echó la mano al pecho palpando con violencia. Nada. Ninguna venda. No había herida. Algo desorientado, se esforzó por identificar dónde se encontraba. Por las paredes trepaban cadenas que terminaban en la techumbre, sujetando un enorme candilero. A su derredor, sólo el vacío. Se levantó hacia las puertas corredizas y salió al exterior.

Sorprendido, miró a un lado y a otro para asegurarse que estaba donde creía que estaba. Se apoyó sobre la baranda para observar la arboleda desde su posición privilegiada. El olor a pino le invadió inminente, evocando sensaciones pasadas que no lograba localizar. No había duda. De algún modo, pisaba el piso superior de Kurama Dera.

Al girarse para regresar a la habitación, una figura encapuchada apareció frente a él. En un acto reflejo, Kenzo echó mano de la katana empuñando tan sólo aire. El encapuchado se acercó y le puso la mano en el hombro, esbozando una inquietante sonrisa:

¿Cómo se encuentra, joven? –preguntó con una voz tan contundente como grave.

Yoshitsune quedó pensativo. Ordenó su cabeza, que no paraba de sugerir cuestiones, y logró articular palabra:

 – Supongo que fue el que me trajo hasta aquí. Le estoy sumamente agradecido.

 – No, no. No es a mí a quien debe. Los chicos le encontraron a unos metros de aquí, inconsciente. De no haber sido por ellos, ahora no estaríamos hablando –replicó señalando hacia la parte baja del templo. Escuche, están entrenando.

De fondo, se podían discernir débilmente choque de espadas, tintineos y gritos de combate.

¿Qué le trae por estas tierras, joven?

Yoshitsune sonrió. Tal vez el destino ya estaba escrito y nadie, ni siquiera los dioses, podían alterarlo. Algo en su interior le decía que debía ir al monte Kurama, al templo oculto para los no elegidos. No sabía como había llegado, pero estaba ahí.

Buscaba el templo. Quiero formarme en la doctrina y filosofía budista. El entrenamiento del cuerpo y el espíritu es esencial para el desarrollo, no sólo de las habilidades, sino también de la persona.

Caprichoso es el sino que nos aguarda a todos, joven Yoshitsune.

Rápido, el enigmático interlocutor sacó de su ropaje la katana y la lanzó hacia Kenzo.

 

La inconfundible espada de su abuelo, Minamoto no Yoshitsune. También cultivó nuestra filosofía en su juventud. Huyó de casa y fue a parar a este templo. Según algunas historias, cuando todo el mundo dormía, salía a hurtadillas al bosque para seguir practicando, debido a su carácter guerrero.

 

Por alguna razón, se le había negado el pasado de su abuelo. Nadie le había contado sobre su formación como guerrero, viajes a escondidas o valerosas hazañas. Algunas de sus historias hablaban de batallas imposibles. Una de las más célebres, narraba cómo venció a un poderoso monje que desafiaba a duelo a quien portase espadas. El monje, vencido su adversario, tomaba la espada para su colección. Según la leyenda, le faltaba tan sólo una para alcanzar el millar, pero tuvo la mala ventura de cruzarse con Yoshitsune, que tras derrotarle, le convirtió en su vasallo y amigo, luchando juntos hasta el fin de sus días.

El resto de la tarde transcurrió tranquila. Kenzo empezaría al día siguiente los entrenamientos, por lo que decidió acostarse con los primeros rayos de luna A pesar del cansancio, no lograba conciliar el sueño; demasiados hechos y revelaciones coleaban en su cabeza.

Poco después, algo le llamó la atención. Susurros que llegaban hasta él desde la espesura. Salió del templo con los ojos bien abiertos, preparado para desenvainar si era necesario. Cauto de no hacer ruido, zigzagueó la maraña y la carcoma esparcida por el suelo. Parecían lamentos. Poco a poco, los susurros fueron ‘in crescendo’. Yoshitsune aumentó el ritmo intentando localizar su procedencia. Comenzó a correr mirando en todas direcciones, temiéndose lo peor. Así hasta emerger de la nada una figura encapuchada, en apariencia la misma de Kurama Dera.

Las tinieblas cubrieron el cielo. Los árboles empezaron a crujir y las hojas caían marchitas entre ellos dos. La maleza se tiñó de negro, creando un paisaje demencial y triste. El miedo se apoderó de Yoshitsune. Conocía aquel efecto que infestaba la Madre Naturaleza. El influjo mortuorio que acababa con la energía vital, desatado.

La mayor de las batallas se libra por dentro. Yoshitsune luchó con honor frente a su alter ego, aquél que le acechó de niño y creció confinado por el arte del jujitsu, el que consiguió liberarse al resplandecer la espada. El ciclo se consumaba.

Ambos, perecieron en cuerpo pero no en alma. Habían hallado su destino. Uno dios y otro demonio. En su lugar, arropado, un bebé junto a la katana. Pronto sería encontrado por los monjes del templo y llevado a una casa para su adopción. Pronto, avanzaría presto entre los cedros, impelido por una fuerza inusitada No sería para menos. Asesinaría a su padre adoptivo con un arma que había derramado sangre por generaciones y brillaba carmesí cuando quería saciar su sed.

 

 

¡Nos leemos!


 

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