Hoy os dejo con dos relatos breves con temática del ‘más allá’. Espero os gusten y, quién sabe, quizás os hagan reflexionar: Presencia y Al final del túnel

 

¡Que los disfrutéis!

 

PRESENCIA

 

¿Crees en los fantasmas? Yo antes no, hasta hace bien poco. Me mudé a los apartamentos del centro de la ciudad, deseoso de iniciar una nueva vida. La verdad es que noté preocupación en la mirada del portero al entregarme las llaves, como si quisiera transmitirme algo.

Vivo en un ático espacioso, donde el silencio, normalmente, reina por doquier: ningún estruendo, ninguna distracción. Una noche, escuché algo estremecedor. Parecían sollozos, pero sonaban muy, muy distantes. Me quedé extrañado y pegué el oído a la pared que sujetaba la cabecera de mi cama. Pararon. Otras veces había advertido por la mirilla la llegada del ascensor. Juraba que únicamente vivía yo en aquella planta, a juzgar por el cartel de “se vende” que se mostraba desde fuera. Pregunté a la vecina de abajo, quien confirmó mis sospechas. Hace exactamente una semana, mi cuadro preferido se estampaba contra el suelo tras cinco sonoros golpetazos que me encogieron el alma.

Hasta que descubrí la verdad.

Anteayer, al regresar de la compra, recogí la correspondencia como otras tantas veces, pero esa vez hubo algo que atrajo mi atención. Una carta sobresalía del buzón de al lado. La abrí cuidadosamente, no sin antes cerciorarme de que nadie se encontraba por allí. Decía lo siguiente: “Abuela, felicidades en tu centésimo vigésimo tercer cumpleaños

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AL FINAL DEL TÚNEL

 

Cada noche intento cogerlos. Cada maldita noche aparecen ante mí sin poder hacer nada en absoluto. Aún recuerdo el accidente del túnel de Fost Valley. Me contaron que mis padres y mi hermano no sobrevivieron al volcar el coche y quedar atrapados entre el amasijo de hierros. Que yo tuve la fortuna de salir despedido del auto. Recuerdo efímeramente cómo la camilla me alejaba de mi familia mientras una intensa luz les rodeaba. Ya han pasado cuatro años, y sigo viéndolos todas las noches, lamentando haberlos dejado sin poder hacer nada en absoluto.

Desde entonces, dicen que no ando muy bien de la cabeza. Que en el siniestro me golpeé de gravedad afectando a mi cerebro. Quizá tengan razón, pero ahora sé que los míos están vivos, por mucho que procuren convencerme los médicos. Estoy harto de leer cómo la gente los describe, como si estuvieran esperando a alguien, al final del túnel. Todo encaja como un puzzle. Aún me esperan. Sé lo que debo hacer para reunirme ellos.


¡Nos leemos!

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