El último de los relatos finalistas: Sombras y ceniza. Finalista en el primer certamen organizado por El círculo de Escritores Errantes

Relato finalista: Sombras y ceniza

Ya llega, ya está aquí, Ivihs Ila, El Hacedor de Sombras>> se podía leer en los cientos de carteles desperdigados por el pueblo. En efecto, el anuncio de la llegada de unos de los más reputados artistas había causado gran revuelo incluso entre los más viejos del lugar, que no cesaban de cuestionarse cómo el incompetente del alcalde había logrado convencerlo. Desde luego, tras los aciagos resultados de su mandato y sus promesas incumplidas, menos que poco se podía esperar de él. No obstante, parecía cierto. El ayuntamiento ya había habilitado el terreno para el escenario de la función, lejos del caserío y al aire libre, tal como el propio Ivihs Ila expresamente había pedido.

Poco a poco, con el transcurso de las semanas, el boca a boca hizo que no se conversara sobre otro tema. Tanto niños como mayores no paraban de asombrarse ante la habilidad que el mago presumía hacer gala. Una habilidad nueva para el público, incluso para el más experimentado, ilustrada en los carteles como sombras danzarinas. La noticia causó tal expectación que algunos avispados poco tardaron en hacer negocio vendiendo camisetas personalizadas y demás artículos propios de este tipo de eventos. Y desde luego, se vendían. Quizá porque no estaban muy familiarizados con visitas de tal índole. Quizá también porque se consideraba un hecho extraordinario que el Señor Alcalde hubiera tenido un mínimo de complicidad con su gente por una vez.

Caminando entre las empedradas callejuelas, directo al espectáculo, se encontraba Wesely, casi con total probabilidad el hombre más feliz sobre La Tierra. No terminaba de creerse que El Hacedor de Sombras, el gran mago de nuestro tiempo, hiciese una concesión a su ajetreada agenda. Sobre todo si buena parte de culpa la tenía él, joven entusiasta de la magia y admirador ferviente de Ivihs, al cual escribió meses atrás una carta muy sentida sobre lo que significaba su oficio para sí; el poder de hacer creíble lo increíble. Desde pequeño, desde antes, tal vez, le había fascinando el mundo de la varita y la chistera.

Wesley sabía que alucinarían con la función. Él todavía alucinaba desde que leyó una entrevista en el periódico dominical sobre el recién adquirido truco de Ivihs, obtenido en uno de sus viajes a las islas de Java. Creaba sombras. Tal cual. Pero no sombras de cualquier naturaleza, sombras chinescas como ya practicaban algunos sobre las tapias. Tampoco empleaba objetos o juegos de pulgares, y apenas hacía falta su propia intervención. Simple y llanamente, creaba sombras. O más concretamente, como le gustaba decir, las invocaba, de ahí que muchas veces corrigiera al entrevistador apuntado que, aunque su nombre artístico indicase lo contrario, en verdad esas sombras ya existían. Él sólo se ocupaba de llamarlas. Ver para creer, que dirían algunos, y vaya si lo que en breve presenciarían convencería al más incrédulo.

Quedaba apenas media hora para el comienzo del espectáculo y la luz del día daba paso a su antagónica. Un par de operarios se encontraba subido sobre el escenario, ultimando. El espacio donde concurriría el público todavía huérfano de bullicio. Pero él ya estaba ahí. Wesley no dejaría pasar la oportunidad de contemplar desde tan cerca al inigualable Ila.

Ahora, el joven se dedicaba a pasear por las inmediaciones, mirando de cuando en cuando su reloj de pulsera y observando el decorado que, a su juicio, a pesar de parecer algo estrambótico, cumplía. Sin embargo, se quedó un rato mirando hacia unos frascos, apilados en forma de pirámide, a ambos lados de la tarima. Los acababan de colocar los dos operarios, con la debida precaución, tal como advertía uno de ellos al otro con la mano. Estaban pintados. De negro, con lo que no permitían siquiera vislumbrar el interior. ¿Su función? Una sonrisa pícara recorrió la cara de Wesley. Obviamente, sabía qué había en ellos. Obviamente, ignoraba cómo demonios el truco podía funcionar con semejante elemento.

A falta de diez minutos, apenas quedaba sitio para mirar sin tener que estar encaramado a algún poste. Se podía llegar a decir sin miedo a equivocación o a caer en la exageración, que se había congregado casi el pueblo entero; o al menos, faltaban muy pocos. El minutero, para Wesley, había entrado en una dinámica parsimoniosa. Los segundos se estiraban interminables. Pero avanzaban. Sólo unos instantes…

Las luces bajaron su intensidad y se adecuaron. El gentío también. En el ambiente se respiraba expectación. Sólo se oían murmullos y risas furtivas. Murmullos y risas que a buen seguro dejarían paso a los ‘¡ohhh!’ continuados durante la actuación. Pronto, una figura espontánea emergió de la nada, la cual fue dibujándose a medida que un blanco humo se disipaba. Vestido como los clásicos, pero sin la varita de rigor, acababa de hacer aparición el gran mago de nuestro tiempo, el inigualable Ivihs Ila, El Hacedor de Sombras.

Como no podía ser de otro modo, Wesley le observaba absorto, anonadado, casi catatónico. Estaba frente a él, sí. No era una ilusión. No perdía detalle de ninguno de los movimientos que ahora llevaba a cabo; pases de auténtico prestidigitador, de maestro. Pero aún se emocionaba más con sólo pensar que lo mejor estaba por llegar, que como gran artista que era Ila, preparaba la miel aunque no para dejarla en los labios. El resto de los presentes, en efecto, se descubría con sinceros aplausos, entusiasmado.

Tras los preliminares con los que había obsequiado, Ivihs se despojó de su capa y su chaqueta, remangándose la camisa. De repente, un silencio que ahogaba inundó el lugar. El rostro del mago se tornó rígido, concentrado. Miró al firmamento antes de encaminarse hacia los frascos.

Uno por uno, los fue colocando de modo que formasen una fila y se alejó de la escena, pegándose al muro. Los ojos de Wesley titubeaban de ilusión por la llegada de aquel mágico momento.

Alzó el brazo hacia delante, con la palma extendida, y recitó algo inaudible. Todos callados, esperando, expectantes.

Uno por uno, los frascos estallaron, liberando polvo grisáceo. Ceniza. Ceniza esparcida que en el acto se arremolinó incontrolada para formar figuras sombrías. Cinco sombras que brotaron impetuosas. Mientras, aunque nadie reparara en él, Ivihs se encontraba en un estado de trance. Los espectadores, asombrados ante lo que estaban presenciando, casi sin respirar. Algunos, en cambio, se retiraron hacia atrás por miedo. Miedo a lo desconocido.

Los espectros comenzaron a moverse por el escenario como si representaran una obra teatral. Gesticulaban e incluso emulaban vestimentas, objetos que surgían tan pronto como desaparecían, o se fundían en un solo ente. Abracadabrante sería la palabra idónea.

Duró poco, como suele suceder con lo bueno. La gente, extasiada, inició el regreso de vuelta a casa. Todos hablaban. Algunos frenéticos. Otros nerviosos, balbuceando. El gran mago había estado a la altura una vez más, cumpliendo con las expectativas. Wesley, no obstante, se quedó petrificado. En su cabeza, a ráfagas, aún perduraba la función.

De repente, un chasquido. Miró a su alrededor para ver cómo el gentío le había abandonado. También advirtió la olvidada chaqueta de Ivish sobre la tarima. O eso parecía. Bajo la misma, una nota dirigida al propio Wesley. Una invitación que no podría rechazar:

<< Para Wesley, mi más ferviente admirador. Sabrás donde encontrarme. Te espero>>

Era medianoche. Wesley no vaciló un instante, emprendiendo la marcha hacia el retiro ocasional que el ayuntamiento había provisto para Ivihs, situado no muy lejos de allí. Tampoco había mucho por lo que dudar. Ila partiría temprano hacia su próximo destino.

***

Francamente, la casa desde fuera dejaba que desear. Hacía ya un par de años que su último inquilino había pasado a mejor vida. Desde entonces, nadie había reparado en ella hasta la llegada del mago. Como todos, Ivihs tenía sus manías. Prefería permanecer aislado antes de llevar a cabo las actuaciones. A buen seguro para practicar.

Una fina lluvia caía sobre el lugar. El joven se decidió a tocar en la puerta, pero no lo hizo. Ésta, como por arte de magia, se abrió rechinando. Entró con cierta desconfianza. Wesley quedó perplejo con la cantidad de polvo que había. Polvo por doquier en muebles, paredes y suelo. También, en casi todos los estantes, frascos pintados de negro. Los mismos frascos, las mismas urnas que el mago utilizaba en sus funciones. La cantidad era demencial.

El joven asomó ahora a la habitación contigua, de unas dimensiones similares, y advirtió sobre la mesa redonda del centro un papel, junto a una caja de cerillas. Era una carta:

<< Querido Wesley,

Si estás leyendo ahora este mensaje, has recorrido la mitad del camino. Siento no poder recibirte personalmente, pero surgió algo de verdadera importancia. Quería que supieras que tu carta me emocionó sobremanera. A través de tus líneas se palpaba el apasionamiento sobre la magia, hasta el punto de obligarme a plantearte una oferta difícil de rehusar. ¿Querrías formar parte de mi plantel? Tan sólo tienes que recordar una cosa: “Los mortales sólo somos sombras y ceniza” >>

<< Los mortales sólo somos sombras y ceniza>>

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Wesley. Ipso facto, comprendió el gran truco, el gran secreto.

<<somos sombras y ceniza>>

Dirigió una mirada hacia las urnas. Ipso facto, comprendió el mensaje implícito dejado por Ivhis.

<<sombras y ceniza>>

Frialdad. Con una inusual tranquilidad, cogió una cerilla. Chasquido.

<< y… ceniza>>

Después de todo, hacía honor a su nombre: El Hacedor de Sombras.

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