Dos relatos breves más, esta vez, para amantes de las ‘Road Movies’ o películas de carretera: ‘La receta magistral’ y ‘Carroñero de la carretera’

 

 

LA RECETA MAGISTRAL

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Mi historia les parecerá cuando menos extraña. Comenzaré por el principio, por un increíble e incomprensible principio. Si mi memoria no me falla, creo recordar que sucedió en la primera quincena de agosto, allá por la década de los años setenta.

Hice un pequeño descanso en un modesto motel de carretera. Aparqué como buenamente pude entre una señal y una pila de cajas, pues el estacionamiento estaba atestado de vehículos y no quedaba otra que buscar cualquier hueco por muy inadecuado que fuese. Sin ir más lejos, la plaza de minusválidos también estaba ocupada, aunque muy posiblemente no por alguien al cual correspondía.

Dentro del local había un gran bullicio y se podía respirar un inolvidable olor a café que haría las delicias de cualquiera. Me senté en la mesa del final y enseguida una camarera me entregó la carta. Sin pensármelo dos veces, pedí el delicioso café estrella de la casa. La pregunté cuál era el secreto, la fórmula de ingredientes para hacer que aquello fuese tan especial, tan cremoso. Me replicó que si quería saberlo después tendría que matarme. No era el primero, ni tampoco sería el último que había preguntado por ello. Importantes franquicias hosteleras intentaron en el pasado comprar la receta mágica, pero su portador, Joseph Richard, se negó siempre a desvelarla, aun pudiendo reportarle grandes ganancias económicas a razón de los beneficios obtenidos. “Un secreto familiar debe seguir siendo un secreto, y perdurar por los siglos de los siglos bajo la sangre hasta la perpetuidad. Quién sabe si en un futuro no muy lejano, lo que a mí me ha hecho rico puede que no se mantenga en los descendientes venideros”.

Una hora después, me encontraba de nuevo recorriendo la larga carretera sin apenas luz, atestada de abruptos baches que hacían resentir el eje central del coche más de lo habitual. Decidí poner la radio y sintonizar una emisora al azar, donde en ese preciso instante emitían música country. En cierto modo, soy un enamorado de este tipo de canción, aunque tal vez esta afición se deba sin lugar a dudas a mi queridísima Dolly Parton, una auténtica musa para mí.

Cuando ya llevaba unas cuantas millas, la radio comenzó a fallar. Las interferencias se fueron haciendo cada vez más evidentes y se hacía imposible captar la señal, por lo que decidí apagarla y seguir con el martirizante traqueteo del auto, el cual mostraba síntomas de renovación o, más bien, de una jubilación anticipada. Poco a poco, el cielo se fue tornando más oscuro si cabía en aquella noche estrellada, y las nubes, junto a las compañeras primeras, se fueron ocultando para dejar paso a una tormenta de mil demonios. Con la poca iluminación, junto con la multitud de gotas congregadas combatiendo con mi parabrisas, no tardaría mucho en salirme fuera de la carretera, cosa que así sucedió, y que dio origen a lo que todos creen una nimia alucinación.

Desperté desorientado, con un patente dolor de cabeza. Tenía un aparatoso vendaje que cubría mi antebrazo. Miré alrededor y observé asombrado, procurando adaptar las pupilas a la intensidad lumínica del lugar. Me encontraba en una sala circular, totalmente vacía de no ser por la cama y mi propia presencia. De repente, justo en el preciso momento en que me incorporaba, la única puerta que había se abrió y apareció una criatura de piel gris, con unos grandes ojos negros y la cara ovalada, provisto de un par de antenas, y de piernas y brazos alargados y finos. En cambio, su torso era bastante abultado. Algo que me llamó mucho la atención fue el olor que desprendían, un olor que conocía de antes. Mis ojos no daban crédito. Se trataban de extraterrestres, sí, de seres de otro mundo, de una dimensión paralela a la nuestra.

Me llevó a una gran habitación. Al fondo pude discernir a alguien. El estimado extraterrestre me dio una cajita de madera e hizo ademán de que se la entregara a aquella fémina de su especie. En un principio me mostré dubitativo, pero llegué hasta ese ser grisáceo que estaba de espaldas. Conté hasta diez en mi mente y puse mi mano en lo que supuse su hombro. Entonces, se volvió hacia mí. Sus ojos brillaban aunque no sabría decir con qué emoción. Mis dedos se posaron sobre el cierre de la cajita y, tras un chasquido, pude comprobar lo que contenía.

Un par de alianzas. Nada menos que dos alianzas de boda. Lo primero que intuí fue que me habían elegido como su prometido, y así fue. Sin embargo, ahí no acabarían todas las sorpresas. Si estar rodeado de hombrecillos patilargos era increíble, más sorprendente fue enterarme de la existencia de una mujer en la nave, que también estaba destinada a compartir su vida con un jovencito humanoide, y que fuera la mismísima camarera de la cafetería del motel. La pobre parecía dormitar plácidamente en un habitáculo acristalado, y siempre que podía me pasaba a contemplarla.

Por fin llegó el día de la boda compartida. Los allí presentes, vestidos por primera vez con vistosos atuendos de gala -quién lo iba a decir de estos seres tan reservados- se hallaban sentados. La música eclesiástica tan habitual de La Tierra aquí era sustituida por una de Dolly Parton, así que me sentía bastante a gusto. Incluso pensé en quedarme con ellos. Pronto divisé la llegada de mi futura esposa, quien me cogió del brazo y me miró con ternura. Poco después llegó la mujer, aún dormida pero sostenida en brazos por su ya casi marido.

Todo estaba dispuesto. La música se detuvo y el cura inició la misa nupcial. Ahí me encontraba yo, casándome por segunda vez:

Señor Terrestre, ¿aceptas a Kukukú como tu esposa? ¿Prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Sí, acepto.

 

Ahora tocaba el turno a mi novia:

 

Kukukú, ¿aceptas a Señor Terrestre como tu esposo? ¿Prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Sí, acepto.

Tras la mutua aceptación, ya me las veía felices, viviendo con una nueva raza de seres vivos, más avanzados y que me querían. Pero algo inesperado aconteció.

Leiko, despierta a Señora Terrestre -profirió el cura-

Despierta querida -dijo mientras la acariciaba el rostro-


Al ver que no despertaba, susurró a su oído de nuevo la frase. Y ella en ese momento abrió los ojos. Lo miró todo con extrañeza durante unos segundos y cuando lo vio, gritó. Aquel grito ensordecedor era tan intenso que atravesaba las finas cristaleras que hacían de paredes, y los pilotos de la nave parecieron reaccionar a ello. Éstos se tambalearon en sus asientos, no sin antes reventar sus sesos, y supongo que acabamos estrellándonos, pues tras esto no recuerdo muy bien que ocurrió.

Aparecí en el motel, tumbado sobre la mesa, junto a una taza del gran café estrella cuyo olor, cuyo aroma… me resultó alarmantemente característico. Estaba completamente vacío. Al fondo se podía distinguir un silbido continuo. Una de mis manos apoyada sobre un papel en el cual pude leer: “Ahora ya sabes cuál es el ingrediente secreto” Levanté la cabeza y la vi, a la camarera, que me obsequió con un inconfundible guiño.

 

 

 

Carroñero de la carretera

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Con el atraco a aquella gasolinera había conseguido finalizar con éxito el tránsito de “La carretera del Diablo”. Los viejos del lugar la llamaban así porque tenía la peregrina particularidad de envolver a los conductores y desterrarlos para siempre. Ciertamente, la lista se hacía interminable: Alfred Lukha, Robbin Usred, Frank Hsurbyug… Todos aquéllos habían sido vistos por última vez en esta vía hacia el destino desconocido, en esta vía que no admitía variación de horizonte, gravilla y arena. “Si quieres seguir con tu preciada vida, forastero, será mejor que des media vuelta. En caso de proseguir con tu camino, el Carroñero de la Carretera vendrá a por ti”. Se trataba de una clara advertencia para conductores con afán de aventura. Para conductores, tal vez, amantes de las ‘road movies’ o ‘películas de carretera’.

Existía una canción como tributo a uno de estos desamparados aventureros. Se titulaba “Same Destiny”. Era un nombre muy apropiado. La radio no hacía más que retransmitirla una y otra vez por esta zona, pero no me cansaba de escucharla. Es más, me sentía identificado con ella. Robar gasolineras siempre resultaba monótono. Cargar el depósito del coche, pillar un par de bolsas de patatas, un regaliz y el montante de la caja registradora era mi imperturbable ‘modus operandi’. Aunque, cierto era, tampoco venían mal algunas cosillas de casuales navegantes perdidos. A veces, incluso tenía que herirlos para conseguir lo que quería o, en el peor de los casos, matarlos. Y era demasiado fácil. Nada más verme, sus rostros reflejaba un terror indescriptible. Parecía que hubiesen visto un fantasma.

Creo que soy un buen atracador. Nunca me han cogido y, por alguna razón que no alcanzo, nunca he visto mi rostro estampado en un cartel de ‘se busca’. Antes solía verlos bastante a menudo. Ofrecían buenas recompensas; más si se recuperaba al menos gran parte del botín perdido. Me gustaría ver algún día cuánto ofrecen por mí.

Mientras tanto, esperando a que tal día llegue, seguiré recorriendo esta ruta, apropiándome de las pertenencias de los demás como el más ruin, corrompido y despreciable de los ladrones de carretera.

 

 

¡Nos leemos!

 

 

 

 

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